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Los años 30

Ya con el sonido presente en la industria del cine, el Séptimo Arte buscaba nuevos avances, como la conquista del color y también sugerentes efectos visuales. La década de 1930 estuvo repleta de aportes sorprendentes.

Volando a Río de Janeiro (1933), fue un musical convencional de Thornton Freeland que supuso el descubrimiento de la pareja formada por Ginger Rogers y Fred Astaire. Pero marcó un hito por las composiciones visuales del especialista en efectos visuales Linwood G. Dunn, precursor de lo que luego conoceríamos como la técnica del Chroma.

El hombre invisible (1933), de James Whale, era una adaptación de la célebre obra de H. G. Wells. Sus sorprendentes efectos especiales hicieron creer al público de la época que el actor Claude Rains era capaz de hacerse invisible de verdad.

King Kong (1933), la primera versión del mítico gorila gigante, se estrenó el mismo año. La película reunió el talento de Willis O’Brien como escultor y de Linwood Dunn como experto en trucajes visuales. Como ya sabemos, hizo historia.

Un breve vistazo a los efectos especiales de King Kong.

El mago de Oz (1939), de Víctor Fleming, protagonizada por Judy Garland, fue otra producción fantástica repleta de importantes avances visuales, en este caso obra de Arnold Gillespie y su equipo de más de 40 técnicos. Con pinturas mate, proyectores, miniaturas y mucho ingenio, tuvo que aceptar el riesgo de que el brillante Technicolor no pusiera en evidencia sus trucos.

Vinieron las lluvias (1939), de Clarence Brown inauguró la categoría del Oscar a los mejores efectos visuales, hasta entonces inexistentes. Se llevó esta primera estatuilla por la espectacular escena del terremoto.

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Los años 20

A lo largo de la década de 1920, el cine experimentó algunos cambios muy significativos. El principal de ellos fue la llegada del sonido, que obligó a renovar toda la industria, desde la forma de rodar películas a las salas de exhibición. Pero, al margen de la revolución sonora, la imagen siguió conquistando nuevos terrenos gracias a ingeniosas producciones que nos permitieron visitar mundos fantásticos.

El ladrón de Bagdad (1924), dirigida por Raoul Walsh, y con diseño de producción de William Cameron Menzies. Una fantasía exótica al servicio de su protagonista, el mítico Douglas Fairbanks Junior, que se convirtió en una de las películas más caras de la década.

El mundo perdido (1925), de Harry Hoyt, estaba inspirada en la novela del mismo nombre de Arthur Conan Doyle. Supuso el descubrimiento de uno de los grandes genios de los efectos especiales, el dibujante y escultor Willis O’Brien.

Metrópolis (1926), de Fritz Lang, es un clásico del cine de ciencia ficción. Considerada como una de las obras claves del expresionismo alemán, presentaba una historia futurista repleta de efectos visuales revolucionarios.

Sobre los revolucionarios efectos especiales de Metrópolis