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Los 2000

Con el inicio del siglo XXI, algo se notó que había cambiado en la forma de presentar el espectáculo cinematográfico. Movimientos de cámara imposibles, universos enteros creados de la nada… Algo diferente se estaba planteando en las salas.

El señor de los anillos (2001) primero y El Hobbit después, las dos grandes sagas de Peter Jackson basadas en el universo de Tolkien, dieron una auténtica lección de efectos.

Spider- Man (2002), de Sam Raimi, dio un nuevo giro a las películas de superhéroes con unos efectos especiales alucinantes, que realmente nos hicieron creer que se podía pasear por Nueva York colgado de una tela de araña.

Harry Potter y la cámara secreta (2002) y todas las películas de la saga inspiradas en las novelas de J. K. Rowling hicieron alardes de efectos visuales. Por ejemplo, en los emocionantes partidos de Quidditch.

Fast & Furious: aún más rápido (2009), de Justin Li, muestra lo rápido que la tecnología digital se extiende ya no solo al cine de fantasía sino también al de acción, aventuras, comedias… todos los géneros.

Avatar (2009), de James Cameron, supone la revolución definitiva de la creación de imágenes por ordenador en 3D. Y, ojo, porque supone también la aceptación de la animación como elemento esencial en la producción de una película presuntamente de imagen real. Pero ¿qué hay más en la película? ¿Pintura o realidad?

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Los años 90

En la década de 1990 se produce ya un salto definitivo hacia el cine digital. Los avances tecnológicos no hacen más que avanzar a la conquista de un universo en el que la imaginación de los cineastas se desata y comienzan a plantearse unas planificaciones hasta ahora imposibles gracias a las nuevas tecnologías.

Terminator 2 (1991), de James Cameron avanza en el uso del morphing  y de una gran cantidad de efectos especiales.

Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg, convierte en todo un fenómeno la novela de Michael Chrichton que especulaba con la posibilidad de devolver a los dinosaurios a la vida. Los efectos visuales de la película resultaron asombrosos.

Forrest Gump (1994), una divertida tragicomedia de Robert Zemeckis, protagonizada por Tom Hanks, mostró las posibilidades que las nuevas tecnologías iban a aportar también al cine de corte más clásico.

Toy Story (1995), de John Lasseter, una memorable producción del estudio Pixar, llega a las pantallas como el primer largometraje de animación creado íntegramente en ordenador. Quizá por entonces, aún muchos no se imaginaban la importancia crucial que la imagen digitalizada iba a tener en el devenir de la historia del cine.

Titánic (1997), de James Cameron, una superproducción multimillonaria que se convirtió enseguida en una de las películas más taquilleras de la historia del cine, marcó para la mayor parte de los especialistas un nuevo tiempo en cuanto a la postproducción cinematográfica.

Matrix (1999) y la saga futurista por los hermanos Wachowski, también resultó decisiva para confirmar el avance de lo digital en el terreno del cine. La singularidad de la película hizo que la mayor parte del rodaje se realizase en estudios con croma, para añadir después de forma digital los escenarios. Introdujo importantes avances audiovisuales tanto para el terreno del cine como de la publicidad.

Los años 80

El imperio contraataca (1980), la continuación de La guerra de las galaxias, supera a la anterior en lo que a efectos visuales se refiere, aunque cuando comprobamos hoy cómo se realizaron, entendemos que aún estábamos en una industria muy artesanal.

E.T. el extraterrestre (1982), de Steven Spielberg, nos hizo creer que los extraterrestres existen de verdad y son, sencillamente, adorables.

Willow (1988), una entretenida fantasía creada por Ron Howard, fue el primer largometraje que empleó el morphing o la transformación gradual de una imagen a otra.

El cielo protector (1989), de Bernardo Bertolucci, con fotografía de Vittorio Storaro. Adaptación de la novela de Paul Bowles, que narra el viaje a África por parte de una pareja de neoyorquinos en busca de experiencias nuevas. Fue el primer acercamiento al cine digital. El material rodado se volcaba al ordenador en una copia en baja. Como los ordenadores de aquellos días no tenían una gran capacidad de almacenaje, se editaba por partes y se creaba una EDL (lista de códigos de entrada y de salida), igual que en un montaje convencional de 35 mm. La edición final de la película se resolvía cortando y montando el negativo.

Abyss (1989), de James Cameron, dio un paso de gigante gracias a sus efectos especiales, en los que intervinieron diversas compañías especializadas. Por primera vez, consiguió crear efectos visuales que se podían modificar y combinar a la perfección con imágenes reales.